lunes, 23 de marzo de 2009

LOS EXTREMOS DEL PÉNDULO

Los códigos y preceptos constituyen radiografías idóneas de las motivaciones y conductas de los distintos pueblos. Para trazar un retrato hablado, bastante fiel, de la moral social de una sociedad, bastará con asomarnos a las prohibiciones que, como diques, regularon la conducta de su grey. Para conocer el temperamento de una comunidad bastará con atisbar al interior de sus miedos, sus temores más recónditos: el cúmulo de realidades vedadas para el vulgo, es decir, sus prohibiciones.
Toda prohibición encarna una reacción en contra de una realidad concreta, el apremio por abandonar un estado de cosas que lacera el bien común, o lo que por éste se entiende. Estas prohibiciones actúan sobre la realidad concreta, pretenden reducir un hecho escandaloso, la recomendación de no servir el cabrito cocido en la leche de su madre, nos entrega las coordenadas por las que se movía el Dios Judío, esta sola prohibición nos da una idea más precisa que cualquier tratado de historia de la religiones.
En sentido estricto, una revolución es el abatimiento forzado de un sinnumero de prohibiciones y su puntual sustitución por otras, que apunten en sentido inverso. Si queremos conocer el espíritu de una revolución, revisemos primero cuáles son los límites que instaura, qué es lo primero que abomina y pretende erradicar mediante la prohibición.
En su contundencia, toda prohibición representa una medida urgente, un impulso acaso salvador: la necesidad de una salida de emergencia que nos permita huir de una condición no deseada, el éxodo puntual, aunque en el horizonte no haya el menor indicio de la tierra prometida.
Porque la función de la veda es la sobrevivencia, los primeros auxilios que no buscan llevarnos al edén de nuestros sueños, simplemente tratan de liberarnos del yugo ominoso del presente. No implica un deseo de llegar a sitio alguno. El deseo de toda sociedad, la configuración de la utopía a la que se desea arribar, es tarea de la educación, entendiendo por ésta, los afanes que se realizan dentro de las aulas, la educación que se suministra de manera organizada.
Así, ley y currícula constituyen los extremos del péndulo social: por un lado el estadío que se pretende superar; por el otro, la sociedad perfecta que se busca construir: en un extremo el bálsamo, la cura; en el otro, la cartografía.
No es un buen augur para una sociedad el que sus prohibiciones más elementales no se cumplan, y tampoco lo es el que su educación no muestre otra fisonomía que la del desorden, el desconcierto. Hace tiempo que nuestra educación ha dejado de ser esa cartografía, ha dejado de ser la guía puntual del camino que deseamos transitar.

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